Frency Fernández

LAS CORTINAS DEL TIEMPO CÓMO HUELLAS DE LA EXISTENCIA.
aUno debe aproximarse a mucho “arte’ actual desde múltiples instrumentales de lectura, máxime que nuestros intereses pueden condicionar nuestros modos de leer el hecho creativo -ya subjetivado y por ende relativo Desde esta apertura subjetiva de lo simbólico. Andrés Montalván busca sensibilizamos a partir de estas planchas, cual soportes de energía, con una impronta que vela lo personal. Al percibir las piezas, cabe la sospecha de que su actor diluye esa problemática de lo individual y lo colectivo para orientarse hacia un “espíritu’ denotador de la esencialidad humana. 
Andrés es como Richard Serra, pero espiritualizado, pues semántica el material y lo convierte en símbolo del dolor de la existencia, en palimpsesto de lo vivencial.
Lo que nos propone no parte del juego, más tiene algo implícitamente lúdico, ora por diluir nuevamente las fronteras entre dibujo y escultura -lo que fruye esa vocación en el por ver el arte como MEDIO para una idea y no como manifestación formalista-, ora por manipular una materialidad objetual engañosa al espectador. Aquí la materia ayuda a establecer la paradoja: esa constitución “física” que contradice su naturaleza solida ante un aligeramiento virtual del peso de las planchas; una apariencia ‘flotante” -casi etérea- que se podría traducir en una “liviandad” de las obras cual sentido espiritual, de exorcizamiento o externación del autor. Estas obras, en tantos objetos. ofrecen una supuesta estabilidad y resistencia de sus cualidades que al ser manipulados por diversos agentes delatan una erosividad y corrosión de su composición real (el hierro, soporte y signo al uso de la fuerza y durabilidad, que se muestra como endeble, doblegable, irreductible ante ciertos elementos agresores; el óxido, como signo de transformación y envejecimiento; o el ácido, sinónimo de la vida, del dolor, de la destrucción y la finitud).
Andrés nos sitúa ante un documento de vida, que simbólicamente puede haber sido erosionado y corroído por lo vivencial en calidad de uno de sus agentes. Investigación que gana en dramatismo al develar una perspectiva existencial de su discurso, amalgamada con una persistente preocupación por lo temporal. A la vez- detectamos una energización de las piezas bajo un referente donde el autoconocimiento y la ontología remiten a otras coordenadas culturales.
TIEMPO y EXISTENCIA son dos convenciones muy relacionadas al objetivismo y al materialismo occidentales. Son centro de los padecimientos del hombre de esta parte del mundo y es esta circunstancia vital. Mas pueden contradecir esa inmanencia de energía que el oriente le ofrece a Montalván como una de sus fuentes espirituales. La contradicción quizás este dada en la misma fundación de las convenciones TIEMPO y EXISTENCIA en relación con esa ESPIRITUALIDAD. Son convenciones que generan dilemas inherentes a nuestros contextos, más ahora que todos los días, cual presente, nos tejemos una idea del pasado en espera de un futuro que nunca llega.
En la percepción oriental, el tiempo y la existencia no son tan dilemáticos, al menos no se manifiestan como nosotros los representamos y valoramos aquí. Igualmente, individuo, como ente o condición, no tiene esa dimensión hiperbolizada y traumática en ese contexto cultural. Podríamos encontrar entonces una de las claves que Montalván propone activamos: el entramado donde confluyen fuentes culturales que hacen de nosotros centro de naturalezas múltiples, como sujetos que vivimos un AGONISMO espiritual -sustrato martirológico presente en estas obras que a veces “gozamos’ como hijos culturales de un componente latino- que raya en lo físico, trasluciendo los dolores internos en nuestras “islas corporales’.
La poética de Andrés Montalván ha sufrido”, como otras, ciertos ‘padecimientos”. Entre ellos he notado lucubraciones que lo enmarcan en la problemática de lo negro, aduciendo que su condición racial lo ha llevado a erigir obras relacionadas con esta temática. No creo que esto sea un eje de su creación. Mas bien, Montalván ha rebasado ese esquema ‘saco”, para adentrarse en zonas menos sectarias y más universales que ya hemos apuntado cómo se insertan con una vocación universal, en una perspectiva mayor.
Esta es una investigación marcada con una coherencia procesual, conceptual, anímica y sicológica. Desde un medio que Montalván ha humanizado cual mapa interior y lo comparte con nosotros como agentes o cómplices posibles de otros ‘cambios”. Es por ello que las piezas aquí presentes manifiestan una transparencia de luz -con toda la connotación espiritual que esa luminosidad implica- que la propicia la honestidad con que este autor asume su proceso.
Ello podría ser un factor determinante para percibir la ‘temperatura” de su idea, para sentir la calidez de estos metales personalizados, para quedarnos al menos con una leve mancha del oxido que, como llanto. estas piezas ofrecen. Porque la honestidad es un saco donde no cabe todo el mundo, pero tiene mucho espacio en espera de ser ocupado.


Frency Fernández.  
Julio de 1999